El principio y el fin de la humanidad.

Corre el año de 1968, un chico de 7 años llamado Daniel acaba de construirle al perro familiar una mini-puerta de la cocina de la casa. Daniel pasa la mayor parte de su tiempo libre construyendo sus propios juguetes y haciendo experimentos en el garage de la casa familiar usando partes de televisiones viejas, o refacciones que no sobraron de la última vez que arregló su bicicleta.

8 años más tarde.

Es el año 1976, las primeras computadoras de escritorio llegan a las tiendas, Daniel ahora tiene 15 años, se encuentra atraído por estas nuevas máquinas y se sumerge en ellas. Daniel empieza a escribir sus primeras líneas de código. 

A través de su adolescencia, y gracias a su interés en el tema, y su naturaleza creativa, Daniel crea y vende varios programas para computadora, y junto a un par de amigos empieza una compañía de software. Debido al éxito de ésta, sale en televisión, en varios programas de entrevistas, Daniel tiene un ascenso meteórico, primero conoce al gobernador de su estado y termina conociendo al presidente del país.

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7 años después.

Es el año 1982, Daniel ahora tiene 21 años. Se gradúa con honores de MIT y todo va viento en popa. Al mes siguiente de su graduación, Daniel pierde a su madre debido a un cáncer de pulmón. Debido a que nunca tuvo una figura paterna en su vida, la mamá de Daniel era una de las pocas personas en las que confiaba y amaba incondicionalmente. Daniel la pasa muy mal con el fallecimiento de su madre y tiene problemas asimilando el concepto de la muerte y de la vida, en general. No se explica porque un ser consciente e inteligente como ninguna otra especie en el planeta tierra muere como todas las otras especies en el planeta.

¿Cómo puede una especie tener las habilidades y el conocimiento para descubrir el fuego o la gravedad, con conocimiento para crear herramientas, edificios, ciudades enteras, con conocimiento para formular la teoría de las cuerdas y con el conocimiento para estudiar el bosón de Higgs y aún así morir, o, dejar de existir al igual que una araña o una iguana, por ejemplo?

Se empieza a formar la idea en algún lugar del cerebro de Daniel de que no tendría que ser así y que en el futuro, no dependeremos de nuestro débil y frágil cuerpo humano.

Daniel se embarca en el estudio de la biología humana y desarrolla tesis tras tesis, teoría tras teoría, en busca de algún esbozo de esperanza que le lleve a mejorar la biología humana a través de la tecnología.

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El año es 1997

Daniel, con 36 años, funda una empresa llamada “Curve” la cual se dedica a la creación de algoritmos y modelos computacionales apuntando a la biología y a la genética humana. Daniel descubre que la arquitectura de el cerebro humano no es tan diferente a la arquitectura de los tantos softwares que ha creado desde la adolescencia. Daniel empieza a detectar patrones de navgación de información en el cerebro humano que le permiten predecir y replicar los mismos patrones en un programa de software de inteligencia artificial en el que Daniel se encuentra trabajando.

Se da cuenta de que el cerebro reconoce ciertos patrones de comportamiento y forma jerarquías de información las cuales le permiten al cerebro formular una “conciencia” y actuar en consecuencia.

Daniel se da cuenta que si puede replicar los patrones que detecta el cerebro humano, con su programa de inteligencia artificial, puede, en teoría, replicar la “conciencia” humana en cualquier dispositivo de almacenamiento con la capacidad correcta. Como por ejemplo, un servidor en la nube.

En otras palabras, la experiencia del ser humano podría ser infinita. Mucho más larga y extensa de lo que el cuerpo humano nos permite hasta ahora.

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32 años después. El año es 2029.

Daniel, ahora de 68 años, con ayuda de un equipo de clase mundial de neurocirujanos, ingenieros y científicos logran desconstruir las funciones enteras del cerebro humano. Esto, junto a muchos otros avances en el espacio de la biotecnología, significa que ahora la conciencia humana puede ser mejorada, aumenta y/o transferida desde y hacia cualquier equipo de almacenamiento con las capacidades adecuadas.

La gente ahora puede permitirse pensar, aprender, y entender a un ritmo que es mucho mayor a cualquier cosa que la humanidad pudiera haberse imaginado hace unos cuantos años. Las condiciones mentales pueden ahora ser modificadas más allá de la genética del ser humano. Enfermedades mentales como el Alzheimer o la demencia senil son cosas del pasado. 

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8 años después.

Daniel tiene ahora 76 años. El año es 2037. Daniel es la primer persona en lograr transferir su conciencia fuera de su cuerpo y hacía un dispositivo externo. Ahora en cualquier momento, Daniel puede transferir su conciencia a cualquier cuerpo sintético a través de un servidor de acceso y aún así mantener intacta su memoria, sus recuerdos, y su personalidad. 

Con este logro, Daniel lidera a la humanidad a nueva era de existencia. A una era de conciencia sin límites.

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El año es 2486.

Daniel y el resto de la humanidad viven cientos de años más que la generación anterior. La esperanza de vida de la humanidad ha aumentado a niveles inconcebibles gracias al trabajo de Daniel y su equipo.

Daniel viaja por todo el mundo y visita todos los lugares interesantes. Aprende todos los idiomas hablados en el planeta tierra. Lee todos los libros alguna vez escritos por un ser humano, aprende a tocar todos los instrumentos musicales, ve todas las películas alguna vez filmadas. Se enamora, y se desenamora, una y otra vez.

Cientos de años se vuelven miles, y miles de años se vuelven millones. El año se vuelve irrelevante. Cada vez que surge un problema importante como la sobrepoblación, el consumo excesivo, el hambre, la pobreza o la amenaza de guerra, se vislumbran en el horizonte, nuevos mundos son descubiertos por la humanidad. Nuevos mundos listos para ser colonizados y habitados. 

Daniel explora planetas nuevos, nuevas galaxias, nuevas dimensiones. Conoce seres de otros mundos, nuevos conceptos de arte, entretenimiento y ciencia emergen y mueren frente a los ojos del cuerpo sintético de Daniel.

Millones y millones de años pasan. La mamá de Daniel, su hermana, su perro, la casa en donde creció, el mundo en el que nació se han ido. Todo se ha ido y ha sido guardado en algún servidor en alguna nube. 

Daniel sigue viajando por el cosmos por millones de años más hasta que las estrellas empiezan a Morír, las galaxias empiezan a desaparecer y el universo empieza a desvanecer.

Daniel logró lo que, para la humanidad, durante muchos siglos no había sido más que un sueño. La supremacía sobre la naturaleza del ser humano. La inmortalidad, el conocimiento infinito.

Daniel conoció cada espacio del cosmos, aprendió todo lo que había por aprender, todas las leyes de la física que no habían sido aún inventadas. Resolvió los problemas matemáticos que aquejaron a los mortales genios de la humanidad en siglos pasados como Einstein o Newton.

¿Para qué ha sido todo? Se pregunta Daniel, sentado al pie de una colina en un planeta distante.

Había logrado esquivar a la muerte de su ser solo para tener que enfrentar la muerte del mismísimo universo. ¿Cómo una especie que trasciende su propia mortalidad es sujeta al mismo destino de morir con el universo, al igual que una araña o una iguana cualquiera?

En los últimos momentos del agonizante universo, Daniel decide crear una última cosa. Habiendo aprendido como funcionan todas las leyes del universo, del tiempo y del espacio, Daniel empieza a crear los “planos” para un universo nuevo. Escribe las primeras líneas de código como si fueran las reglas de un videojuego. 

Lo hace difícil, pero no imposible, largo, pero no sin fin. Lo escribe de tal manera que cada nivel sea un poco más complejo pero interesante al mismo tiempo, un poco más atemorizador pero un poco más gratificante. Escribe las reglas del videojuego para que el final quede lo más lejos posible del punto de partida y para que no pueda ser comprendido en su totalidad hasta que se llega al punto final. 

Esconde la verdad entre el caos, la lógica entre el desorden, el significado entre la falta de éste mismo. Finalmente incluye la posibilidad de “crear”.

Finalmente, Daniel termina. Es perfecto. Su opera prima. Se dice a si mismo.

El universo empieza a comprimirse, la energía empieza a desvanecerse, las últimas estrellas se apagan, los últimos planetas dejan de girar y dejan de existir.

En el último nanosegundo de la existencia del universo, cuando toda la energía restante se concentra en un punto de Luz del tamaño de una canica, el universo de Daniel explota.

Explota llenando todo el espacio de color, de materia, de energía revirtiendo la “nada” en “todo” El tiempo y el espacio vuelven a empezar. Desde cero, como si nunca hubieran existido. Nacen estrellas sobre el firmamento, colisiones celestes ocurren y planetas se forman en el nuevo cosmos. 

Átomos nacen y se expanden miles de millones de veces en segundos. La vida nace. Una secuencia de vida empieza y evoluciona. Amibas, bacterias, reptiles, mamíferos, chimpancés y después de cientos de miles de años transcurridos, el ser humano.

Millones de años después.

El año es 1968. Un chico de 7 años llamado Daniel acaba de construir una mini-puerta que abre una pequeña puerta para su mascota en la casa de sus papás. Daniel pasa su tiempo libre construyendo juguetes y haciendo experimentos en el garage de la casa, usando partes de televisiones viejas y refacciones que sobraron de su última bicicleta.

Tan pronto como Daniel termina la palanca mecánica que abre la puerta para su mascota, su hermana le pregunta. ¿No habías hecho eso ya?

Sí. La desarmé y la volví a armar, responde.

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